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El dibujo impone sus trazos en el MMAV

El dibujo impone sus trazos en el MMAV

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Una nueva muestra de “La Línea Piensa” se inaugurará este viernes en el MMAV. La propuesta del Centro Cultural Borges presenta obras de Ostrovsky, Villalonga y Lorenzo. El acto comenzará a las 20. Organiza el Gobierno de la Ciudad.

Por tercer año consecutivo el Museo Municipal de Artes Visuales (MMAV) es marco para una exposición de artistas que componen el proyecto “La Línea Piensa”, espacio de arte permanente impulsado por Luis Felipe Noé y Eduardo Stupía en el prestigioso Centro Cultural Borges, de la ciudad de Buenos Aires. En este sentido, el próximo viernes se inaugurará una muestra que incluye trabajos de tres importantes dibujantes argentinos: Silvia Ostrovsky, Martín Villalonga y Félix Lorenzo. El acto comenzará a las 20, con ingreso libre y gratuito.

 

 

Esencia de la línea

 

Según Luis Felipe Noé y Eduardo Stupía, los directores de La Línea Piensa, este proyecto “nace del convencimiento de que el dibujo en y de nuestro país no está lo suficientemente valorado a pesar de tener extraordinarios cultores. Nuestro propósito principal es contribuir a llenar ese vacío. Su nombre destaca lo que para nosotros es la esencia del dibujo: la línea (o el trazo). Si bien se suele asociar casi con exclusividad la palabra dibujo a la de representación, nosotros queremos destacar el acto de dibujar como el del desarrollo de un pensamiento lineal: una línea lleva a otra línea como un silogismo gráfico. La imagen es el punto de llegada más allá de que represente algo o no. Lo que importa es lo que nos presenta”.

A cada artista que presenta sus obras en el marco de este Proyecto, Noé y Stupía dedican unas líneas reflexivas en las que describen y analizan sus trabajos. Los casos de Ostrovsky, Villalonga y Lorenzo no fueron la excepción de este privilegio. Se trata de piezas precisas en las cuales se profundizan en la obra de cada uno de los dibujantes.

 

 

Silvia Ostrovsky: Galas de la línea

 

La línea en negro, blanco o color dibuja, dibuja, y dibuja sobre el blanco, el negro, el color. La línea de color se entrelaza con la línea negra o blanca y paso a paso todo el sistema no cesa de vincularse armónica, minuciosamente, en un constante hilar que articula células, sectores, subdivisiones, conformando un aparato reticular, a un tiempo escenario, ornamento, geometría y representación, recargado de insinuaciones o atisbos de esquemática figuración, de sintéticos elementos identificables que se disimulan como componentes puros de un mosaico infinito.

Fauna y flora, restos fósiles, osamentas de cetáceos, líquenes, mármoles, insectos magnificados, joyas quebradizas, ejemplares de una inescrutable zoología abisal, cartografías, redes, organismos anómalos, arborescencias, esqueletos…o nada de eso, salvo la entrenada sensibilidad de Silvia Ostrovsky para urdir su modulación fluida en tinta y acrílico, y jugar con el ojo empeñado en buscar, reconocer, detectar, nombrar, mareándolo y confundiéndolo aunque revelándole enseguida los secretos de esa improvisación, una derivación de exhaustivas variaciones en la resuelta impronta gráfica mediante recursos cromáticos simples. La artista confía en la sonoridad directa que va a lograr dejando que intervenga el color mismo del papel, para que se modifique impalpablemente al verse rodeado, contaminado por las líneas. A veces, pinta los segmentos con otros colores –nunca más de dos o tres– enriqueciendo con tales acentos la expansión de la retícula en el plano, en un alarde de económica plasticidad

Podría pensarse en los consabidos mundos imaginarios a los que este tipo de propuesta habitualmente suele asociarse, pero Ostrovsky quiere que ese efecto retroceda frente a la seducción lisa y llana del incansable devenir de la línea, un movimiento perpetuo en una suite de registros de esa línea en tanto matriz universal antes que mera herramienta descriptiva. Con el sólo argumento de su emocionante naturalidad para el dibujo, Silvia Ostrovsky puebla infatigable las páginas de un relato volátil con un enjambre de fantásticas madejas y enrejados, que adecuan aquí y allá sus cuerpos de alambres blandos según las más inesperadas cualidades, como actores que comparten una ficción barroca sobre un teatro de papel desde donde proyectan misteriosas apariciones.

 

 

Los conciertos lineales de Martín Villalonga

 

El placer de la libertad y la libertad que da el placer. La primera proposición reflejada en otra que la modifica pero que, a su vez, sugiere un encadenamiento alternativo con ella y en progresivo énfasis (como El Bolero de Ravel) constituyen juntas una frase no meramente retórica porque es lo que verdaderamente siento cuando contemplo los dibujos de Martín Villalonga, que debe sentir él cuando los realiza. Algo así como un gran pianista de jazz al que una nota lo lleva a otra, pero también a contrariar el ritmo, y jugando elabora su concierto. En las obras de Martín se vive el acto placentero y libre de formar un tejido de líneas, pero no por ello obsesivo, porque ellas son las huellas de los pasos de una danza, ni tampoco superficial ya que repercute como una visión del fluir de la vida y del cambio incesante como forma de ser del mundo. Él se refiere a éste como un filósofo que utiliza abstracciones para proponer una cosmovisión.

La línea se dobla, se duplica y vibra en su doblez, se engrosa una, se curva otra, es una sola y son miles, se multiplica, se divide se amontonan sus partes, bailan algunas en el espacio y corren otras a refugiarse en un conglomerado abrigando todas sus partes dispersas… y el universo está allí.

Villalonga no representa sino que presenta, o mejor dicho, se presenta ante el mundo en el acto de dibujar sintiendo a éste en su temporalidad pero convirtiéndolo, en un instante, en imagen atemporal. Por todo ello sus obras constituyen una excelente manera de ejemplificar el título de este proyecto que codirigimos Eduardo Stupía y yo: La línea piensa.

 

 

El dibujar de Félix Lorenzo

 

Sutil e incansablemente, Félix Lorenzo expande y concentra su dibujo en una suerte de doble carácter; su trazo es crispado y a la vez elegante; su atmósfera, enrarecida pero equilibrada; su imaginería, elocuente aunque indefinible. Del mismo modo, su sello distintivo, su temperamento productivo, así como se revela obviamente obsesivo para la construcción lineal, deja que el sistema sobrevuele volátil, sostenido por la provisoria convivencia de elementos tan esencialmente afines como heterogéneos.

La obra de Félix Lorenzo se ha desarrollado silenciosa y secreta, y es en la estrictez, en ese cuasi anonimato monacal con que el autor desbroza en su despojado taller las galas del oficio, donde sus piezas parecen haberse nutrido de una rara cualidad entre potente y disimulada, entre jocosa y ascética. Lorenzo quiere influir gradualmente en la captación de quien mira y para eso propone que los fastos de su proteico desfile, en un chisporroteo cambiante e insólito, crepiten no obstante asordinados, reparados en la manera replegada de de su poética. Emocional, íntimamente energética, y también, como se dijo, llena de contención y recato, la evolución, por decirlo así, de Lorenzo, ha pasado de un apego casi inevitable a cierta bizarrería underground de sus comienzos, a la sequedad y astringencia de una indescifrable figuración enfermiza en estado de perpetua inadecuación morfológica. Este presente lo encuentra bien inmerso en su gabinete de fabulación fantástica, con su capacidad de invención en plenitud, y en hábil balanceo entre la ferocidad, la excentricidad, el virtuosismo, el riesgo, la eficacia para la sugestión, y sobre todo la incertidumbre programática para despistar al espectador.

Allí está, entonces, para que no sepamos de qué se trata todo esto, el catálogo desquiciado de una fauna y una flora inusitada, la permanente transmutación de un universo hiperpoblado por protagonistas tan anómalos como físicamente tangibles. En  planos que eventualmente son espacio o líquido cristalizado, flotan amplificadas, como si miráramos en el microscopio la gota proveniente de un estanque de fiebre gráfica contaminada, alusiones a formaciones calcáreas o marinas, conos, espirales, paramecios, pseudopodios, líquenes, velos, bastones ,fósiles, mármoles, circuitos electrónicos, limaduras de hierro imantadas, espinas, fragmentos rocosos, huesos, vainas, rodeando a esos seres arbitrarios, fuera de toda enciclopedia,  en una convocatoria enriquecida por la vocación del artista para generar sorpresa, interés y misterio de los registros dibujísticos más variados y minuciosos.

Las persistentes y controladas chorreaduras, como delgadas columnas de tinta, y las líneas que tajean la escena como cicatrices, le aportan cortes rítmicos a la tensión estructurada de la composición. Vale la pena detenerse con la misma delectación con la que Lorenzo parece dibujarlas  en esas arborescencias, en esas matas orgánicas, en los hallazgos geométricos y ornamentales que aclimatan a sus improbables criaturas; todo se agita, se turba y respira bajo la mirada inmutable del entomólogo Lorenzo, en pleno dominio de su aparato de signos inclasificables.

 

 

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Ficha técnica

 

Muestra:La Línea Piensa”. Un proyecto del Centro Cultural Borges de Buenos Aires.

Artistas: Silvia Ostrovsky, Martín Villalonga y Félix Lorenzo

Lugar: Museo Municipal de Artes Visuales -MMAV- (San Martín 2068).

Inauguración: Viernes 12 de marzo.

Hora: 20.

Entrada: Libre y gratuita.

Organiza: Secretaría de Cultura del Gobierno de la ciudad.



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